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domingo, abril 26, 2009

Sé la revolución

jueves, abril 09, 2009

La dura realidad de la infidelidad amorosa

Juan 8: 10, 11 “Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”

Es duro experimentar la infidelidad en el amor, pero lastimosamente por naturaleza los humanos somos infieles. Si preguntara: ¿Cuántos han experimentado una infidelidad en el amor?, seguramente la mayoría me respondiera que han experimentado dicho sentimiento.

Que duro es ser victima de una infidelidad, pero ¿Será que también es duro ser infiel?, personalmente pienso que las personas que son infieles difícilmente se pondrán a pensar en la persona a quien le están siendo infieles, pues si esto pasara y por amor a dicha persona no caerían en la infidelidad.

Pero la pregunta seria: ¿Qué provoca la infidelidad?, hay personas que pasan toda la vida llorando porque piensan que su pareja le fue infiel por su culpa, porque a lo mejor no lo trato bien o porque a lo mejor no hizo lo que su “amor” tanto le pedía. Ese es un error tremendo, la infidelidad no tiene su raíz en lo reservado o reservada que seas con tu pareja, sino que la infidelidad es provocada por la falta de comunión con Dios que por consiguiente te lleva a querer satisfacer los deseos de la carne de lo forma que sea y con la persona que sea.

La persona infiel es seducida por sus propios deseos carnales que están alborotados por la falta de oración y de comunión con el Señor, pues no hay otra forma por la cual dichos deseos carnales quieran ser alimentados de una manera desordenada.

Cuando una persona te es infiel te esta mostrando de que en el o ella no existe un amor real, pues el amor real todo lo soporta aun hasta la tentación mas fuerte y poderoso que pudiera existir, además que cuando una persona ama de verdad no tiene ojos para nadie mas sino solo para ti.

Es triste ver a personas caer en la infidelidad amorosa, yo les pregunto a estas personas: Si no eres capaz de ser fiel a una persona que vez físicamente, ¿Cómo podrás ser capaz de ser fiel a Dios que no lo vez?

Amigos es hora de reflexionar de que la infidelidad no es juego, no es algo que voy a premeditar para ser infiel ahora, pero mañana pedir perdón por esa infidelidad. La infidelidad es FALTA DE FIDELIDAD, si tu no puedes ser fiel a una persona, ¿Qué mas se puede esperar de ti?, no lo digo con el propósito de señalarte ni de juzgarte, pero si cada uno de nosotros tratáramos la manera de ser FIELES el mundo fuera diferente.

Ponte a pensar todas las consecuencias que traen las infidelidades amorosas: dañaras a la persona que supuestamente amas, tu imagen quedara marcada y lo peor de todo estarás siendo infiel a Dios.

No se trata de jugar a ser o no infiel, se trata de reconocer que es un pecado que me puede costar la vida eterna y que por ende necesito eliminar de mi vida. La voluntad de Dios es que seas fiel a tu pareja, que la ames, que la respetes, que la cuides y que juntos puedan hacer la voluntad suya.

Posiblemente has sido tentado a ser infiel, quizá en los últimos días se te han presentados situaciones para caer en la infidelidad, a lo mejor por un momento pensaste en concretar ese pecado, pero hubo algo en ti que no te lo permitió y es porque el Espíritu Santo de Dios estaba rearguyéndote. Pero quizá más de alguno cayó en dicha provocación y pensaste que el mal te lo hacías a ti mismo, pero te equivocas, con la infidelidad amorosa te llevas por delante a otra persona más o quien sabe que sea a otras personas si incluimos familia.

La Infidelidad JAMÁS te traerá buenas consecuencias, ni terrenales y menos espirituales, Dios quiere perdonarte, pero también quiere que ya no vuelvas a caer en el mismo error. La mujer adultera había sido infiel, pero Jesús no la acuso, sino que lejos de acusarla la perdono, pero le dijo: “vete y no peques más”.

Ante la infidelidad amorosa Jesús te dice: NO PEQUES MÁS.

Por Enrique Monterroza (devocionaldiario.com)

jueves, marzo 26, 2009

Ministrar y ser Ministrado

Necesitamos un corazón abierto y humilde, dispuesto a recibir d nuestros hermanos lo que ellos pudieran entregarnos de parte de Dios.

Porque anhelo veros para impartiros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; es decir, para que cuando esté entre vosotros nos confortemos mutuamente, cada uno por la fe del otro, tanto la vuestra como la mía. Romanos 1.11–12 

Por largo tiempo Pablo había albergado en su corazón el deseo d visitar a los cristianos que residían en Roma. Era inevitable que el apóstol, que tanto había contribuido a la expansión del reino, fijara los ojos en la capital del vasto imperio romano. En el texto se encuentra claramente la razón que lo movía a realizar este viaje. 

Así como lo deseó para todos los lugares por los que había pasado, Pablo también deseaba ministrar en Roma la Palabra y confortar a los hermanos en la fe. El que tiene una verdadera vocación pastoral no puede evitar ejercer su ministerio dondequiera que se encuentre, pues la tarea pastoral no es un trabajo, sino el ejercicio de un don espiritual. Por esta razón, entonces, el apóstol deseaba llegar a la capital con el fin de «confirmar» a los hermanos, impartiéndoles algún don espiritual. Se entiende por esta frase que él deseaba seguir edificando a la iglesia, para que alcanzara la plenitud de su potencial en Cristo Jesús. Esto incluía el que recibieran y aprendieran a utilizar los dones que el Señor ha entregado a su pueblo. 

Resulta interesante, sin embargo, observar el resto del texto. Pablo no solamente deseaba llegar hasta ellos para ministrarlos, sino que él también anhelaba recibir de ellos todo lo que quisieran darle. Encontramos en este deseo una profunda comprensión de la dinámica de la iglesia, donde todos nos edificamos mutuamente para producir el crecimiento del cuerpo de Cristo

Esta receptividad hacia el ministerio de los demás es una de las actitudes más difíciles d encontrar en los pastores. Es muy fácil que el pastor llegue a pensar que él es el que edifica la iglesia y que su única función dentro del cuerpo es la de estar dirigiendo y ministrando la vida de los demás. Cuando esta perspectiva se hace fuerte, le cuesta al líder relajarse en la presencia de los demás, para sacarse «la chaqueta» de pastor y moverse como un miembro más del cuerpo. En ocasiones, incluso, el pastor traslada esta actitud a su hogar y trata a su esposa e hijos como si fueran también miembros de la congregación. 

El peligro de esta postura es comenzar a creer que no existen, dentro de la congregación, personas que realmente nos pueden ministrar. De este modo, nuestro trato con ellos se convierte en un camino unidireccional. Nosotros siempre damos y ellos siempre reciben. El apóstol Pablo, a pesar de gozar de un prestigio y un perfil sin igual dentro de la iglesia del primer siglo, poseía un corazón abierto y humilde, dispuesto a recibir de sus hermanos lo que ellos pudieran entregarle de parte de Dios. Esta clase de líder es la que más inspira a sus seguidores, porque no se presenta como perfecto a los demás, sino como uno que también está en el proceso de formación. Lejos de restarle autoridad, esta actitud enaltece su persona y bendice su vida. 
Ni el ojo puede decir a la mano: «No te necesito»,
ni tampoco la cabeza a los pies: «No tengo necesidad de vosotros».
1 Corintios 12.21
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